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viernes, 21 de marzo de 2014

Bosques

Supongo que hoy os habéis levantado todos por la mañana con el Día Internacional de los Bosques en vuestra mente. Seguro que llevabais meses esperando a esta fecha tan señalada. Yo por mi parte podría escribir una reflexión profunda o un resumen sesudo de algún informe del estado de las masas forestales en el mundo, o cualquier otra cosa así. Pero he decidido hacer un post de consumo rápido, y así de paso usar algunas fotos que tengo en el disco duro.


Fijaros bien en que todas han sido tomadas desde dentro de bosques.


La bahía de Pollensa (Mallorca) desde la linde de un pinar. Obsérvese que los árboles crecen inclinados por efecto del viento.


Otro pinar, este en La Mata de los Olmos (Teruel), un pueblo en el que es más bien complicado encontrar un olmo. La gestión forestal mantiene el sotobosque a raya. Es un bosque de reforestación.


Otra zona del mismo pinar de la foto anterior; se conoce que a los señores de la motosierra se les acabó la gasolina. El paraíso de los pirómanos.


Seguimos en la provincia de Teruel: un bosque de ribera en las proximidades del monasterio de Nuestra Señora del Olivar (Estercuel). Esta vez el nombre sí coincide con la presencia de olivares, pero no es el caso de lo retratado en la foto, donde aparecen unos simpáticos chopos.


A diferencia de los pinares de las primeras fotos, los chopos son árboles de hoja caduca (también llamados "caducifolios" o "frondosas"); es decir, cada invierno se quedan pelados. En esta otra foto aparecen también árboles de esa categoría en torno a otro riachuelo, en este caso castaños en un bosque del macizo del Montseny (Barcelona).


También en el Montseny, a mayor altitud, encontramos unos hayedos excepcionales por su ubicación geográfica: debido a las condiciones climáticas de la Península, esta especie no crece tan al sur; sin embargo el microclima de la montaña ha permitido a este tipo de bosque persistir cuando los cambios climáticos ocurridos hace miles de años convirtieron la mayoría del territorio ibérico en un lugar inhabitable para ellos.



Feliz día Internacional de los Bosques. Y si cuando lo leéis ya ha pasado, pues tanto da; los bosques seguirán ahí... mientras no nos los carguemos.

domingo, 22 de enero de 2012

La necesidad del Patrimonio Natural

Hace un tiempo, durante un rato libre, me encontré con que la abogada ambientalista Cristina Álvarez Baquerizo concluía con la siguiente cita la redacción del acta de su exposición en el I Congreso Técnico de Conservación de Fauna y Flora Silvestres, celebrado en Formentor en Octubre del 2006:

El Patrimonio Histórico Español es una riqueza colectiva que contiene las expresiones más dignas de aprecio en la aportación histórica de los españoles a la cultura universal. Su valor lo proporciona la estima que, como elemento de identidad cultural, merece a la sensibilidad de los ciudadanos. Porque los bienes que lo integran se han convertido en patrimoniales debido exclusivamente a la acción social que cumplen, directamente derivada del aprecio con que los mismos ciudadanos los han ido revalorizando.

Se trata de un fragmento extraído del preámbulo de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español, y era utilizado por la señora Álvarez para expresar su deseo de que algún día pudiera decirse algo parecido sobre el Patrimonio Natural, al que hace referencia la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y la Biodiversidad. Tras leer tales cosas, me alegré de saber que no estoy solo en mi opinión al respecto de este tema. Sin embargo, el que una abogada ambientalista tenga tales ideas, si bien es buena cosa, no es precisamente motivo para lanzar cohetes al cielo. La cuestión realmente importante es ¿cuán arraigado está en la sociedad española el concepto de Patrimonio Natural? La educación obligatoria, los actos culturales y los medios de comunicación mediante editoriales, columnas de opinión y reportajes, desde siempre han venido haciendo énfasis en el gran valor de nuestro Patrimonio Histórico. Las más excelsas obras pictóricas, la literatura más genial, los vestigios arquitectónicos testigos de nuestra rica Historia, etcétera, etcétera, son motivos de orgullo de muchos de los españoles que poseen unos niveles culturales medianamente aceptables. Todo eso está muy bien, pero lo que quisiera yo saber es cuántos ciudadanos de este país son capaces de apreciar en el mismo grado el valor de una especie biológica o de un ecosistema, no ya por los servicios que pueden proporcionarnos, sino por el valor intrínseco que se les puede otorgar, igual que puede otorgársele a un Dalí, a los retablos de una catedral o a la catedral misma, a un dolmen o a una vasija de barro del Neolítico. Según mi percepción, no representan un alto porcentaje, y de entre los que hasta cierto punto pueden sentir algo similar, lo hacen mayoritariamente hacia especies emblemáticas como el lince ibérico o el águila imperial, y hacia esplendorosos ecosistemas como grandes bosques, sin reparar por lo general en las humildes hierbas y en los pedregales entre los que viven muchas de ellas.


Una cabaña de carbonero delante de una plataforma de piedra y tierra, antiguamente utilizada en la elaboración de carbón vegetal (sobre ella se apilaba leña y se sometía a combustión incompleta). Ambas construcciones están en un encinar de la finca de Ses Fonts Ufanes, en Mallorca. ¿Qué tiene más valor, el elemento histórico o el elemento natural?

Ciertamente, que la gente aprecie el valor que posee un cardo por el mero hecho de existir puede que sea demasiado pedir, pero en cualquier caso estamos lejos del nivel de concienciación que poseen al respecto de estas materias las sociedades de otros países europeos. No es de extrañar que una gran mayoría de visitantes de la Albufera de Mallorca sean alemanes y británicos armados con telescopios para observar las aves migrantes que cada año pasan una temporada en el lugar. En ocasiones como esta siento envidia (española) de esos perros ingleses, hijos de la pérfida Albión.



¿Se parecen? Mientras que el amigo Félix fue una excepción, Sir Attenborough es uno de muchos más. Está claro que España tiene algunas deficiencias.


La gracia del asunto, suponiendo que tenga alguna gracia, es que España es precisamente el país de la Unión Europea con una mayor biodiversidad, tanto en cuestión de especies como de hábitats. No se puede decir que nuestro Patrimonio Natural sea más valioso que el de nuestros socios comunitarios, pero sí más rico. La posición geográfica de España, al sur de Europa y al norte de África ha causado que fuera refugio de muchas especies cuando las glaciaciones cubrieron de blanco la mayor parte del Viejo Continente; al retirarse los hielos la vida tuvo que volver a empezar de cero más al norte, mientras que aquí, aunque muchas de las especies presentes emigraron o se extinguieron para dejar paso a otras, las hubo que sobrevivieron en reductos o evolucionaron, y todo esto fue motivo de enriquecimiento de la diversidad. Por otro lado, el complejo relieve de nuestra geografía y la variedad climática potencian la diversidad de hábitats, y el aislamiento del resto del continente gracias a los Pirineos junto con la presencia de dos archipiélagos en lugares tan dispares como el Mediterráneo Occidental y la Macaronesia causan que muchas especies hayan quedado aisladas convirtiéndose en endemismos (especies que sólo se encuentran en un territorio relativamente reducido y en ningún otro lugar del mundo), siendo así el número de estos más elevado que el de varios de los grandes países europeos juntos. También la tardanza del país en desarrollar una industria e infraestructuras medianamente equiparables a las de otros estados desarrollados, así como la baja densidad poblacional en los territorios rurales, han supuesto factores que han redundado en una mejor conservación (totalmente involuntaria, por supuesto) de nuestros parajes naturales. No obstante, a cualquiera que tenga ojos y quiera ver no se le escapará que no merecemos ninguna medalla. Está claro que nuestra biodiversidad está en peligro, tanto a consecuencia del desarrollo no sostenible de nuestra sociedad como por los efectos difíciles de predecir que está teniendo el cambio climático sobre los ecosistemas, tanto naturales como agrícolas.


Prado de la finca de Son Bosc (Mallorca). Este espacio estuvo incluido en el Parque Natural de S'Albufera de Mallorca, después fue desprotegido para construirse un parque de golf en él. Actualmente el proceso ha sido detenido, aunque parte de la finca ha sido arrasada. Los prados mediterráneos son ecosistemas con una altísima biodiversidad, y en Son Bosc existen especies de gran valor desde el punto de vista de la conservación.

Sería bueno que la sociedad tomase conciencia de todo esto y que el concepto de “Patrimonio Natural” pasase a formar parte de la cosmovisión de los ciudadanos de este país como ocurre con el de “Patrimonio Histórico”. Estaría bien que se exigiese a las clases políticas mayor responsabilidad en cuanto a la conservación de la biodiversidad y del territorio, sobre todo a la vista de los muchos (demasiados) desmanes urbanísticos que hemos visto y me temo que aún habremos de ver. Y por supuesto, y con esto me permito agregar mi pequeña protesta ante la lamentable situación de la Ciencia en este país, se debería invertir en la investigación de nuestro medio natural, pues si no lo conocemos no seremos capaces ni de tomar las medidas oportunas para conservarlo ni de aprovechar los servicios que puede ofrecernos sin dañarlo y destruirlo.



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Algo de bibliografía:
-LA BIODIVERSIDAD EN ESPAÑA, Pilar Álvarez-Uria Tejero y Cristina Zamorano Chico
-EVOLUCIÓN LEGISLATIVA SOBRE LA CONSERVACIÓN DE ESPECIES. Cristina Álvarez Baquerizo. El Rumbo del Arca: actas del I congreso técnico de conservación de flora y fauna silvestres.


Este artículo es una adaptación reducida de otro publicado en el pasado por mi en generacion.net.

lunes, 10 de octubre de 2011

El bucle de la conservación

Creo que a nadie se le escapa que hay especies que atraen mucho más la atención de la sociedad y en cuya conservación, de ser necesario, se invierten más fondos y esfuerzos que en otras especies apenas conocidas. Resulta bastante intuitivo que lo que interesa a la gente es lo que recibe prioridad. Sin embargo, vale la pena preguntarse qué factores afectan a la inversión en los planes de conservación y hacer un análisis científico riguroso.

Ecosistemas, la revista de la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET), publica en su número de Enero de 2011 un estudio llamado «La conservación de biodiversidad en España: atención científica, construcción social e interés político». En la introducción del artículo podemos leer lo siguiente:

«La priorización de fondos para la conservación de especies depende de diferentes dimensiones asociadas indirectamente con la toma de decisiones: información científica existente, opinión pública y legislación vigente».

No es difícil ver cómo funciona la dinámica: se invierten más fondos en la conservación de especies de las cuales existe más conocimiento científico (puesto que ese conocimiento nos permite utilizar esos fondos con más eficacia) a la vez que en aquellas en las que la sociedad está más dispuesta a gastar dinero. El papel de la legislación es bastante obvio: desde ese plano se genera las leyes que establecen que una especie esté o no protegida, así como las bases legales que permitirán llevar a cabo las acciones necesarias para su conservación.

Este es el punto de partida del estudio. Con él, los autores buscaron comprobar si efectivamente en España se observa una relación entre cada una de estas tres patas del taburete del presupuesto de la conservación y la inversión que realizan las administraciones. Y en efecto, los análisis realizados sobre los datos que utilizaron establecieron que la relación existe. Pero además pudieron ver la existencia de un bucle de retroalimentación positiva, una especie de círculo vicioso, que hace que sean unas cuantas las especies que se benefician del dinero público y que otras estén dejadas de la mano de Dios.

El bucle funciona del siguiente modo, simplificando: existen algunas especies por las que existe mayor interés social, en torno a las que los investigadores centran la mayor parte de sus estudios, generando más conocimiento científico sobre ellas. A su vez, los políticos legislan principalmente en favor de esas especies, por un lado porque se sabe más de ellas, por otro porque despiertan las simpatías del pueblo, e invertirán más fondos en su conservación y también en la investigación sobre ellas. Esto será un estímulo extra para que los científicos sigan en esa línea de trabajo. Finalmente, cuando a través de noticias, reportajes, artículos de divulgación o planes de educación ambiental toda esta información llegue a la sociedad, se fomentará todavía más su interés sobre esos animales y plantas, lo que de algún modo cierra el círculo.

Bucle del que se benefician especies como el lince ibérico. El interés que despierten en la sociedad se transmitirá a los responsables de tomar las decisiones a través de la opinión pública. Éstos invertirán más tanto en su protección como en la investigación sobre ellos. A su vez, la información proporcionada por la Ciencia todavía reforzará este efecto. Los resultados de las investigaciones y de los programas de conservación se transmitirán a la sociedad a través de divulgación, medios de comunicación y educación ambiental, lo que influirá de nuevo en la opinión, volviendo a empezar el ciclo. Mientras los esfuerzos y la atención se centran en determinadas especies, otras quedan fuera del círculo y tienen dificultades para entrar. La línea discontínua es una interpretación mía que no aparece en el estudio: la comunidad científica, como parte de la propia sociedad, probablemente también manifiesta más interés por unas especies que por otras. En el estudio original puede verse un diagrama similar mucho más completo.

No todas las especies vivientes son animales y plantas. Sin embargo, la realidad es que las especies que más favorecidas se ven por este bucle pertenecen a alguno de esos dos reinos. Los autores del trabajo también hicieron un análisis de qué grupos eran los que más interés despertaban, los más estudiados y aquellos más protegidos y en cuya conservación se invierte más dinero. Si retomamos la comparación que hice unas líneas atrás con un taburete de tres patas (las patas del interés social, del científico y del político), podríamos decir que se observó cómo era el taburete para cada uno de ocho grupos: mamíferos, aves, plantas superiores, herpetofauna (reptiles y anfibios), invertebrados, peces, microorganismos y hongos. Al final se observaban cuatro grupos en los que se reunían los taburetes similares entre sí: en uno están los tres primeros (mamíferos, aves y plantas superiores), los más beneficiados por el bucle; un poco peor están la herpetofauna y los invertebrados, pero ni mucho menos tanto como los peces. Sin embargo, los taburetes de patas más endebles son los de los hongos y microorganismos. Como decía antes, ni animales, ni plantas.

Representación tridimensional del interés existente por los distintos grupos de seres vivos. El máximo interés (cuadro verde) se lo llevan los mamíferos (concretamente carnívoros y cetáceos), y en menor medida la vegetación superior y las aves acuáticas, rapaces y esteparias. Los microorganismos y los hongos aparecen como parias olvidados por todos. Algún día se vengarán destruyéndonos y descomponiéndonos. La imagen se ha tomado del artículo original.

Entre otras cosas, el estudio comenta que la existencia de una creciente preocupación social por la herpetofauna y (como puede verse en el gráfico) en menor medida por los invertebrados, ambos grupos que ya gozan de la atención de los científicos, podría ser una oportunidad para quebrar el círculo vicioso, y hacer que los fondos destinados a conservación se redistribuyan entre más beneficiarios. Lamentablemente, estamos en tiempos de crisis, y me da la impresión de que sapos, culebras y babosas (y no sólo ellos) van a tener que esperar mucho tiempo.




Artículo original, por B. Martín-López, I. Martín-Forés, J.A. González y C. Montes, publicado en revista Ecosistemas.


domingo, 12 de diciembre de 2010

2011, Año Internacional de los Bosques

Me entero a través del blog Biología en Red que, así como este 2010 que ya termina ha sido Año Internacional de la Biodiversidad, el próximo 2011 será Año Internacional de los Bosques.

Me gustan los bosques. Son algo más que una gran masa de árboles creciendo juntos. En ellos también hay gusanos, insectos, hongos, líquenes, helechos, musgos, arañas, reptiles y muchos otros seres vivos. Frecuentemente están atravesados por riachuelos, o hay charcas en su interior, donde nadan los peces , croan las ranas y beben los pájaros. Pero un bosque sigue siendo aún más que ese conjunto de especies de todas las clases. Un bosque (en realidad, como cualquier otro ecosistema), es también toda la red de las relaciones que conectan a esos seres vivos, como una inmensa maraña de hilos invisibles. El insecto parasita las hojas, la araña atrapa al insecto, el pájaro se come a la araña y usa al musgo en su nido, que crece a la sombra del árbol. Pero todavía hay más: el medio abiótico, es decir, todo aquello que no está vivo, también forma parte del sistema. La luz proporciona energía para la fotosíntesis, la lluvia agua y el suelo un lugar donde crecer. El viento trae nutrientes, y el río se los lleva. Con frecuencia, el valle es acogedor y la parte alta de la ladera hostil.

Y aún podría seguir. He hablado del bosque en el espacio. Pero ¿qué hay del tiempo? Quizás empezó no siendo más que un pasto en el que fueron creciendo arbustos. Luego llegaron algunos árboles, que poco a poco fueron poblándolo todo hasta convertirse en los señores del lugar, en un proceso que puede durar lo que la vida de un ser humano o más. Algún día un corrimiento de tierras o un incendio destruyen unas hectáreas y todo vuelve a empezar.

Así ve a los bosques al menos un ecólogo. Casi se podría decir que así los siente.  Deformación profesiona, tal vez. No creo que dedicarles un año vaya a servir para que también los albañiles, fontaneros, secretarios, médicos o leñadores los vean con esos ojos, pero si se consigue que unos cuantos recuerden que están ahí y que requieren no nuestros cuidados, sino nuestro respeto, habrá valido la pena.



jueves, 9 de septiembre de 2010

¿Qué es la biodiversidad?

En los últimos tiempos hay una palabra que se ha popularizado notablemente, como consecuencia de la creciente preocupación social por los temas medioambientales: “biodiversidad”. La oímos y leemos constantemente en los medios de comunicación, y nosotros mismos la usamos en nuestras conversaciones. Sin embargo, ¿cuánta gente hay que sepa qué significa? Mi percepción es que, en general, se entiende la biodiversidad como el número de especies existente. Realmente, esto no es así. Se trata de algo más complejo, que va mucho más allá, expresándose a todos los niveles de la vida, desde el más fundamental al más global. Para ser exactos, se suele hablar de los tres siguientes: el genético, el específico y el ecosistémico.

La diversidad genética

El primero y más elemental es el de la diversidad observable para una molécula de gran importancia en la vida: el ADN, que contiene la información necesaria para la creación y regulación de un organismo vivo. Hace referencia a la diversidad de genes dentro de cada población. En una especie podemos hallar diferentes variedades de un gen determinado, llamadas alelos. Esto tiene como consecuencia que entre los distintos individuos de una misma especie haya variaciones para un mismo carácter. Por ejemplo, los guisantes con los que trabajó Mendel en el que debió ser el primer experimento de la genética daban semillas que podían ser rugosas o lisas, verdes o amarillentas. El color de las flores variaba entre el blanco y el púrpura, e igualmente en muchas otras características de la planta se observaban diferencias entre los individuos. También los seres humanos presentamos variabilidad genética, lo que produce que haya diferentes colores de ojos, pelo y piel, por ejemplo. En definitiva, la diversidad genética garantiza que no todos los especímenes de una población sean clones, y por tanto su importancia radica en que proporciona capacidad de adaptación y de evolución a esa especie. Si en una población fueran iguales todos los individuos, estos podrían estar excelentemente adaptados a su ambiente, pero quizás sus adaptaciones fueran inútiles ante nuevas condiciones, impuestas por un cambio climático, la entrada de un competidor en el ecosistema o, tal vez, la salinización del suelo. En cambio, una población con diversidad genética será más resistente a alteraciones como estas, pues en ella podría haber algunos individuos con las características adecuadas para afrontar la nueva situación con más éxito.

La diversidad específica

El segundo nivel hace referencia a la diversidad de especies dentro de un ecosistema. Una gran diversidad específica es importante para la estabilidad de los ecosistemas. Las relaciones dentro de un ecosistema se pueden representar como una compleja red en la que cada especie se sitúa en un nodo, es decir, un punto que se halla conectado con otros puntos a través de los hilos, que representan las relaciones. Cuantas más especies haya, más nodos habrá, más densa y enmarañada será la red, y más capacidad de resistir perturbaciones tendrá. Algunas especies ocupan un lugar clave del ecosistema, y su desaparición puede tener consecuencias muy graves, pero la desaparición de otras puede no ser tan drástica; quizás incluso las substituyan otras especies del ecosistema. En cualquier caso, la red siempre se vería más o menos debilitada. De ahí la importancia de la diversidad específica.


La diversidad ecosistémica

El tercer nivel hace referencia a la diversidad de ecosistemas dentro de un territorio. Posiblemente sea la más difícil de medir, pues existe frecuentemente cierto grado de arbitrariedad a la hora de distinguir un ecosistema de otro. Los ecosistemas están interconectados entre sí, intercambiando constantemente materia, energía e información, y no siempre es fácil decir donde acaba uno y empieza otro. En cualquier caso, la diversidad de estos también es importante. No todas las especies pueden vivir en todos los ecosistemas, motivo por el cual esta diversidad está directamente relacionada con la diversidad específica. Y obviamente, puesto que las especies son un elemento esencial del ecosistema, sin diversidad de especies tampoco puede haber diversidad de ecosistemas.

Otro motivo de importancia de este nivel de diversidad es que los ecosistemas proporcionan lo que se llaman “servicios ecosistémicos”. Los bosques producen aire limpio, madera, generan suelo y evitan la erosión, entre otras cosas. Los prados pueden proporcionar pastos para nuestro ganado, los ríos agua para el riego, pescado y un buen lugar para refrescarse, y una albufera puede comportarse como una depuradora impulsada por energía solar que evita que lleguen al mar aguas contaminadas de fertilizantes agrícolas. La diversidad ecosistémica proporciona diversidad de servicios. Hay que tener cuidado con esto: una fragmentación excesiva de los ecosistemas quizás pueda suponer gran variedad de estos en poco espacio, pero también serán más frágiles.

Como vemos, los tres niveles de biodiversidad están estrechamente conectados. Las especies necesitan diversidad genética en el seno de sus poblaciones para adaptarse, evolucionar y perdurar; los ecosistemas requieren diversidad específica para resistir las perturbaciones, y a su vez, la diversidad de los ecosistemas lleva a la diversidad de especies.

La medida de la biodiversidad

El concepto de biodiversidad va más allá del número de. También hace referencia a la estructura. Para cuantificar la biodiversidad, los científicos utilizan índices: cifras que nos dan una idea de una magnitud que nos interesa y nos permiten establecer comparaciones (por ejemplo, entre la biodiversidad de un prado y la de un matorral). Estas cifras se obtienen a partir de medidas directas o de cálculos realizados con esas medidas, y su significado real no necesariamente tiene por qué ser interesante en la investigación. Quizás ni tan siquiera signifiquen nada. Existen múltiples formas de elaborar estos índices; algunos tienen en cuenta el número de clases de elementos y el de la frecuencia con que hallamos cada elemento. Es decir, es diferente la biodiversidad en un huerto en el que la mitad de lo que hemos plantado son tomateras y los dos cuartos restantes meloneras y sandías (tres tipos de elementos, uno constituyendo la mitad del total y cada uno de los otros una cuarta parte), que en otro huerto en el que hemos sembrado un tercio de cada hortaliza (las mismas tres clases de elementos, pero esta vez en proporciones iguales). Obviamente este ejemplo simplifica mucho y no tiene en cuenta las malas hierbas, los caracoles, lombrices, babosas, pájaros, hongos, arañas, insectos y demás seres vivos que aparecerán asociados al cultivo, pero creo que es bastante ilustrativo. A pesar de esto, en ocasiones podemos hallar estudios en los que se ha utilizado como índice el número de especies. En sentido estricto, en la ciencia de la Ecología, esto no es la diversidad, sino la riqueza, lo cual no quiere decir que sea incorrecto usar esos índices, si cumplen su función en ese estudio concreto. Otras veces, como ocurre en el informe de la Estrategia española para la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica, elaborado con motivo del Convenio sobre la Diversidad Biológica se hace referencia al número de especies que hay un área determinada.

El hecho de considerar la diversidad como algo más que el número de clases de elementos (sean especies, genes o ecosistemas) tiene una implicación muy importante: la pérdida de biodiversidad no se produce sólo con la extinción de especies o desaparición de ecosistemas: también las alteraciones en las estructuras de los paisajes donde están los ecosistemas, de las comunidades compuestas por especies, de la distribución de esas especies, etcétera, pueden suponer una pérdida de biodiversidad, con las probables consecuencias negativas asociadas.

Es posible que…

…tras leer este artículo, explicar a la abuela estos conceptos sea una tarea que a muchos se antoje más difícil de lo que pensaban, pero en mi opinión, toda esta complejidad contribuye a hacer de la biodiversidad uno de los más apasionantes objetos de estudio de la Biología.






Artículo publicado en generación.net. La versión de este blog ha sido ligeramente editada.

domingo, 23 de mayo de 2010

Craig Venter da una charla

Lo que ocurre cuando un científico dispone de un montón de dinero tiene un nombre: Craig Venter. Saltó a la fama por ser uno de los responsables de la secuenciación del genoma humano y ahora ha anunciado la síntesis artificial de una célula. Pero entre esos dos logros no se ha estado quieto: entre otras cosas, se ha dedicado a estudiar la biodiversidad microbiana, y de eso habla en esta conferencia. Con subtítulos para quien los necesite.




Visto en http://www.ted.com/