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domingo, 22 de enero de 2012

La necesidad del Patrimonio Natural

Hace un tiempo, durante un rato libre, me encontré con que la abogada ambientalista Cristina Álvarez Baquerizo concluía con la siguiente cita la redacción del acta de su exposición en el I Congreso Técnico de Conservación de Fauna y Flora Silvestres, celebrado en Formentor en Octubre del 2006:

El Patrimonio Histórico Español es una riqueza colectiva que contiene las expresiones más dignas de aprecio en la aportación histórica de los españoles a la cultura universal. Su valor lo proporciona la estima que, como elemento de identidad cultural, merece a la sensibilidad de los ciudadanos. Porque los bienes que lo integran se han convertido en patrimoniales debido exclusivamente a la acción social que cumplen, directamente derivada del aprecio con que los mismos ciudadanos los han ido revalorizando.

Se trata de un fragmento extraído del preámbulo de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español, y era utilizado por la señora Álvarez para expresar su deseo de que algún día pudiera decirse algo parecido sobre el Patrimonio Natural, al que hace referencia la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y la Biodiversidad. Tras leer tales cosas, me alegré de saber que no estoy solo en mi opinión al respecto de este tema. Sin embargo, el que una abogada ambientalista tenga tales ideas, si bien es buena cosa, no es precisamente motivo para lanzar cohetes al cielo. La cuestión realmente importante es ¿cuán arraigado está en la sociedad española el concepto de Patrimonio Natural? La educación obligatoria, los actos culturales y los medios de comunicación mediante editoriales, columnas de opinión y reportajes, desde siempre han venido haciendo énfasis en el gran valor de nuestro Patrimonio Histórico. Las más excelsas obras pictóricas, la literatura más genial, los vestigios arquitectónicos testigos de nuestra rica Historia, etcétera, etcétera, son motivos de orgullo de muchos de los españoles que poseen unos niveles culturales medianamente aceptables. Todo eso está muy bien, pero lo que quisiera yo saber es cuántos ciudadanos de este país son capaces de apreciar en el mismo grado el valor de una especie biológica o de un ecosistema, no ya por los servicios que pueden proporcionarnos, sino por el valor intrínseco que se les puede otorgar, igual que puede otorgársele a un Dalí, a los retablos de una catedral o a la catedral misma, a un dolmen o a una vasija de barro del Neolítico. Según mi percepción, no representan un alto porcentaje, y de entre los que hasta cierto punto pueden sentir algo similar, lo hacen mayoritariamente hacia especies emblemáticas como el lince ibérico o el águila imperial, y hacia esplendorosos ecosistemas como grandes bosques, sin reparar por lo general en las humildes hierbas y en los pedregales entre los que viven muchas de ellas.


Una cabaña de carbonero delante de una plataforma de piedra y tierra, antiguamente utilizada en la elaboración de carbón vegetal (sobre ella se apilaba leña y se sometía a combustión incompleta). Ambas construcciones están en un encinar de la finca de Ses Fonts Ufanes, en Mallorca. ¿Qué tiene más valor, el elemento histórico o el elemento natural?

Ciertamente, que la gente aprecie el valor que posee un cardo por el mero hecho de existir puede que sea demasiado pedir, pero en cualquier caso estamos lejos del nivel de concienciación que poseen al respecto de estas materias las sociedades de otros países europeos. No es de extrañar que una gran mayoría de visitantes de la Albufera de Mallorca sean alemanes y británicos armados con telescopios para observar las aves migrantes que cada año pasan una temporada en el lugar. En ocasiones como esta siento envidia (española) de esos perros ingleses, hijos de la pérfida Albión.



¿Se parecen? Mientras que el amigo Félix fue una excepción, Sir Attenborough es uno de muchos más. Está claro que España tiene algunas deficiencias.


La gracia del asunto, suponiendo que tenga alguna gracia, es que España es precisamente el país de la Unión Europea con una mayor biodiversidad, tanto en cuestión de especies como de hábitats. No se puede decir que nuestro Patrimonio Natural sea más valioso que el de nuestros socios comunitarios, pero sí más rico. La posición geográfica de España, al sur de Europa y al norte de África ha causado que fuera refugio de muchas especies cuando las glaciaciones cubrieron de blanco la mayor parte del Viejo Continente; al retirarse los hielos la vida tuvo que volver a empezar de cero más al norte, mientras que aquí, aunque muchas de las especies presentes emigraron o se extinguieron para dejar paso a otras, las hubo que sobrevivieron en reductos o evolucionaron, y todo esto fue motivo de enriquecimiento de la diversidad. Por otro lado, el complejo relieve de nuestra geografía y la variedad climática potencian la diversidad de hábitats, y el aislamiento del resto del continente gracias a los Pirineos junto con la presencia de dos archipiélagos en lugares tan dispares como el Mediterráneo Occidental y la Macaronesia causan que muchas especies hayan quedado aisladas convirtiéndose en endemismos (especies que sólo se encuentran en un territorio relativamente reducido y en ningún otro lugar del mundo), siendo así el número de estos más elevado que el de varios de los grandes países europeos juntos. También la tardanza del país en desarrollar una industria e infraestructuras medianamente equiparables a las de otros estados desarrollados, así como la baja densidad poblacional en los territorios rurales, han supuesto factores que han redundado en una mejor conservación (totalmente involuntaria, por supuesto) de nuestros parajes naturales. No obstante, a cualquiera que tenga ojos y quiera ver no se le escapará que no merecemos ninguna medalla. Está claro que nuestra biodiversidad está en peligro, tanto a consecuencia del desarrollo no sostenible de nuestra sociedad como por los efectos difíciles de predecir que está teniendo el cambio climático sobre los ecosistemas, tanto naturales como agrícolas.


Prado de la finca de Son Bosc (Mallorca). Este espacio estuvo incluido en el Parque Natural de S'Albufera de Mallorca, después fue desprotegido para construirse un parque de golf en él. Actualmente el proceso ha sido detenido, aunque parte de la finca ha sido arrasada. Los prados mediterráneos son ecosistemas con una altísima biodiversidad, y en Son Bosc existen especies de gran valor desde el punto de vista de la conservación.

Sería bueno que la sociedad tomase conciencia de todo esto y que el concepto de “Patrimonio Natural” pasase a formar parte de la cosmovisión de los ciudadanos de este país como ocurre con el de “Patrimonio Histórico”. Estaría bien que se exigiese a las clases políticas mayor responsabilidad en cuanto a la conservación de la biodiversidad y del territorio, sobre todo a la vista de los muchos (demasiados) desmanes urbanísticos que hemos visto y me temo que aún habremos de ver. Y por supuesto, y con esto me permito agregar mi pequeña protesta ante la lamentable situación de la Ciencia en este país, se debería invertir en la investigación de nuestro medio natural, pues si no lo conocemos no seremos capaces ni de tomar las medidas oportunas para conservarlo ni de aprovechar los servicios que puede ofrecernos sin dañarlo y destruirlo.



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Algo de bibliografía:
-LA BIODIVERSIDAD EN ESPAÑA, Pilar Álvarez-Uria Tejero y Cristina Zamorano Chico
-EVOLUCIÓN LEGISLATIVA SOBRE LA CONSERVACIÓN DE ESPECIES. Cristina Álvarez Baquerizo. El Rumbo del Arca: actas del I congreso técnico de conservación de flora y fauna silvestres.


Este artículo es una adaptación reducida de otro publicado en el pasado por mi en generacion.net.

lunes, 10 de octubre de 2011

El bucle de la conservación

Creo que a nadie se le escapa que hay especies que atraen mucho más la atención de la sociedad y en cuya conservación, de ser necesario, se invierten más fondos y esfuerzos que en otras especies apenas conocidas. Resulta bastante intuitivo que lo que interesa a la gente es lo que recibe prioridad. Sin embargo, vale la pena preguntarse qué factores afectan a la inversión en los planes de conservación y hacer un análisis científico riguroso.

Ecosistemas, la revista de la Asociación Española de Ecología Terrestre (AEET), publica en su número de Enero de 2011 un estudio llamado «La conservación de biodiversidad en España: atención científica, construcción social e interés político». En la introducción del artículo podemos leer lo siguiente:

«La priorización de fondos para la conservación de especies depende de diferentes dimensiones asociadas indirectamente con la toma de decisiones: información científica existente, opinión pública y legislación vigente».

No es difícil ver cómo funciona la dinámica: se invierten más fondos en la conservación de especies de las cuales existe más conocimiento científico (puesto que ese conocimiento nos permite utilizar esos fondos con más eficacia) a la vez que en aquellas en las que la sociedad está más dispuesta a gastar dinero. El papel de la legislación es bastante obvio: desde ese plano se genera las leyes que establecen que una especie esté o no protegida, así como las bases legales que permitirán llevar a cabo las acciones necesarias para su conservación.

Este es el punto de partida del estudio. Con él, los autores buscaron comprobar si efectivamente en España se observa una relación entre cada una de estas tres patas del taburete del presupuesto de la conservación y la inversión que realizan las administraciones. Y en efecto, los análisis realizados sobre los datos que utilizaron establecieron que la relación existe. Pero además pudieron ver la existencia de un bucle de retroalimentación positiva, una especie de círculo vicioso, que hace que sean unas cuantas las especies que se benefician del dinero público y que otras estén dejadas de la mano de Dios.

El bucle funciona del siguiente modo, simplificando: existen algunas especies por las que existe mayor interés social, en torno a las que los investigadores centran la mayor parte de sus estudios, generando más conocimiento científico sobre ellas. A su vez, los políticos legislan principalmente en favor de esas especies, por un lado porque se sabe más de ellas, por otro porque despiertan las simpatías del pueblo, e invertirán más fondos en su conservación y también en la investigación sobre ellas. Esto será un estímulo extra para que los científicos sigan en esa línea de trabajo. Finalmente, cuando a través de noticias, reportajes, artículos de divulgación o planes de educación ambiental toda esta información llegue a la sociedad, se fomentará todavía más su interés sobre esos animales y plantas, lo que de algún modo cierra el círculo.

Bucle del que se benefician especies como el lince ibérico. El interés que despierten en la sociedad se transmitirá a los responsables de tomar las decisiones a través de la opinión pública. Éstos invertirán más tanto en su protección como en la investigación sobre ellos. A su vez, la información proporcionada por la Ciencia todavía reforzará este efecto. Los resultados de las investigaciones y de los programas de conservación se transmitirán a la sociedad a través de divulgación, medios de comunicación y educación ambiental, lo que influirá de nuevo en la opinión, volviendo a empezar el ciclo. Mientras los esfuerzos y la atención se centran en determinadas especies, otras quedan fuera del círculo y tienen dificultades para entrar. La línea discontínua es una interpretación mía que no aparece en el estudio: la comunidad científica, como parte de la propia sociedad, probablemente también manifiesta más interés por unas especies que por otras. En el estudio original puede verse un diagrama similar mucho más completo.

No todas las especies vivientes son animales y plantas. Sin embargo, la realidad es que las especies que más favorecidas se ven por este bucle pertenecen a alguno de esos dos reinos. Los autores del trabajo también hicieron un análisis de qué grupos eran los que más interés despertaban, los más estudiados y aquellos más protegidos y en cuya conservación se invierte más dinero. Si retomamos la comparación que hice unas líneas atrás con un taburete de tres patas (las patas del interés social, del científico y del político), podríamos decir que se observó cómo era el taburete para cada uno de ocho grupos: mamíferos, aves, plantas superiores, herpetofauna (reptiles y anfibios), invertebrados, peces, microorganismos y hongos. Al final se observaban cuatro grupos en los que se reunían los taburetes similares entre sí: en uno están los tres primeros (mamíferos, aves y plantas superiores), los más beneficiados por el bucle; un poco peor están la herpetofauna y los invertebrados, pero ni mucho menos tanto como los peces. Sin embargo, los taburetes de patas más endebles son los de los hongos y microorganismos. Como decía antes, ni animales, ni plantas.

Representación tridimensional del interés existente por los distintos grupos de seres vivos. El máximo interés (cuadro verde) se lo llevan los mamíferos (concretamente carnívoros y cetáceos), y en menor medida la vegetación superior y las aves acuáticas, rapaces y esteparias. Los microorganismos y los hongos aparecen como parias olvidados por todos. Algún día se vengarán destruyéndonos y descomponiéndonos. La imagen se ha tomado del artículo original.

Entre otras cosas, el estudio comenta que la existencia de una creciente preocupación social por la herpetofauna y (como puede verse en el gráfico) en menor medida por los invertebrados, ambos grupos que ya gozan de la atención de los científicos, podría ser una oportunidad para quebrar el círculo vicioso, y hacer que los fondos destinados a conservación se redistribuyan entre más beneficiarios. Lamentablemente, estamos en tiempos de crisis, y me da la impresión de que sapos, culebras y babosas (y no sólo ellos) van a tener que esperar mucho tiempo.




Artículo original, por B. Martín-López, I. Martín-Forés, J.A. González y C. Montes, publicado en revista Ecosistemas.