Una de las cosas buenas de ser biólogo de bota es que no se necesita ir a la selva tropical o a la sabana africana para admirar criaturas fascinantes. El buen biólogo de bota puede disfrutar tanto navegando al lado de una ballena azul como examinando bajo la lupa a un ácaro recogido en una maceta de su ventana. Fue precisamente gracias a ese superpoder que el Octubre del año pasado, 2012, pude vivir una aventura de varios días sin salir de mi habitación.
Llevaba en aquel entonces viviendo yo en l'Hospitalet del Llobregat unos dos años. Desde Mallorca mis padres me mandaban ocasionalmente algún paquete con víveres diversos, algunos de los cuales almacenaba en mi habitación. Y en uno de ellos es donde empezó todo. Una bolsa de cacahuetes quedó por ahí guardada, esperando a que me dispusiera a devorar su contenido, pero se me adelantaron: para cuando quise darme cuenta estaba infestada de larvas de alguna especie de la familia de los lepidópteros (mariposas) desconocida para mi. Ignoro si los huevos fueron depositados allí o llegaron desde la isla, pero fuera como fuera, ahí estaban. Tan pronto pillé a las ladronas podría haberlas destruido, pero decidí que sería más interesante ver qué salía de ahí, así que me dispuse a esperar.
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| He aquí un ejemplar de esas pequeñas saqueadoras golosonas. |
Las orugas debían estar realmente hambrientas, puesto que acabaron perforando la bolsa de plástico con sus minúsculas mandíbulas de insecto. Hay que entender que una larva es un organismo cuyo único fin en este mundo es comer: comer, comer y comer, y engordar lo suficiente para poder transformarse en un adulto. La cuestión es que las muy puñeteras salieron caminando en todas direcciones y se dispersaron por la habitación. Las había en el techo, en las paredes, en la estantería, en el armario y en la mesa. Quizás era el momento de ponerme serio y hacer limpieza... pero volví a decidir esperar. Me limité a eliminar las que encontraba la cama, el escritorio, los libros, el portátil o la ropa, pero al resto las dejé hacer. ¿Y qué hicieron? Pues lo que cabía esperar: la metamorfosis.
Cuando una larva encontraba un rincón de su agrado tejía un minúsculo refugio de seda dentro del que permanecer mientras completaba su transformación. Así pues, al cabo de no mucho tiempo mi habitación se llenó de mariposas, de una especie pequeña y poco llamativa: Plodia interpunctella, algunos de cuyos nombres comunes son palomilla o polilla de la fruta seca (muy adecuado).
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| Plodia interpunctella. Gracias a la gente de biodiversidadvirtual.com por la identificación. |
Podría pensarse que el experimento finalizaba aquí. De hecho es lo que pensaba yo mismo, pero me equivocaba: lo mejor estaba por llegar. Había más provisiones de frutos secos en mi habitación, y en ellas, en secreto, una nueva generación de orugas dedicaba la totalidad de su tiempo a engullir. Si la otra vez fueron cacahuetes, ahora eran nueces. Tras descubrirlo, quizás en parte motivado por el aburrimiento, decidí mostrarme conforme con que completasen de nuevo su ciclo. Volvieron a invadir las paredes y muebles de la habitación, pero esta vez algo fue diferente.
No tardé muchos días en hallar una cantidad significativa de minúsculos bichitos posados sobre la pared, en las proximidades de una lámpara cuya luz probablemente los atraía. Tras observarlos más detenidamente llegué a la conclusión de que se trataba de himenópteros, como las hormigas, las abejas o las avispas. Y de hecho esto último es lo que eran: avispas, pero no de esas de mandíbulas poderosas que pican como un rayo, sino avispas parasíticas. ¿Y qué demonios podrían estar haciendo en tamaña cantidad en mi habitación? La verdad es que no puedo afirmarlo con rotundidad, pero puedo establecer hipótesis. Estos insectos se caracterizan por su curioso ciclo reproductor: buscan a otro bicho y depositan sobre él huevos de los que nacerán larvas que se alimentarán de su huésped. Carne fresca. Algunas cazan y paralizan arañas, por ejemplo, y las encierran en una madriguera que construyen a tal fin. Otras buscan una oruga y ponen sus huevos encima de ella. ¡Sí, habéis leído bien! ¡He dicho una oruga! ¿Podría ser?
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| El misterioso himenóptero, de apenas un par de milímetros. |
La verdad es que tras hacer un examen detallado de las orugas que había diseminadas por el cuarto pude observar que algunas de ellas estaban anormalmente flácidas y débiles. Muchas, directamente, habían muerto y se secaban pegadas a la pared. Y sobre una encontré una avispa con su largo ovipositor, e incluso parecía haber depositado huevos, aunque no me atrevería a jurarlo. Por último, pude contemplar una oruga sobre la que parecía haber una larva mucho más minúscula que ella, si bien no tengo la certeza de que realmente se tratase de eso.
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| ¿Una mamá avispa parasítica procurándoles un futuro a sus retoños? |
En el portal de biodiversidadvirtual.com no han sido capaces a día de hoy de identificar la especie de la avispa, pero algún alma caritativa ha tenido la bondad de sugerir su pertenencia al género Bracon. Una búsqueda en internet revela fácilmente que existe al menos una especie de avispa parasítica que pone sus huevos en las larvas de Plodia interpunctella, y su nombre es, adivina adivinanza... ¡Bracon hebetor! La cual es, por cierto, sumamente parecida a los pequeños himenópteros que se habían instalado en mi habitáculo. No puedo afirmar que se trata de la misma especie, pero parece muy probable...
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| ¿Podrían ser larvas de Bracon hebetor dándose un festín? |
¿No os ha parecido emocionante? A mi tanto o más como el momento en el que el león se lanza sobre la cebra. Pero sobre todo, daos cuenta del detalle clave: pude vivir esta apasionante experiencia sin salir de una habitación enclavada en las entrañas de la ciudad. Sólo hace falta saber mirar.
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Un enlace con fotografías de B. hebetor, para que juzguéis:







